Opinión
Consumo de alcohol: ¿un problema de salud mental en Yopal?
Por: Juan Carlos Niño Niño – Escritor – Asesor Legislativo

Mi residencia está ahora entre las ciudades de Bogotá y Yopal -este último por motivos de salud de mi Mamá- lo que nos llevó a rentar un agradable apartamento en el Parque Las Flores en el Barrio Los Helechos, entre otros aspectos porque arrendamos toda la casa para la ampliación del Restaurante de Comida Peruana “Sebiche”, en la calle 11 con Carrera 26 (Barrio Libertador).
El ambiente en el Parque Las Flores es excepcional, no solo por la seguridad que la da un CAI de la Policía, sino que además irradia una infinita tranquilidad, con un bosque frondoso de acacios, yopos, mangos, convirtiéndose en un verdadero placer recoger del suelo los hobos de la niñez –untados de tierra y con un sabor agridulce- la magia de su luminosidad y la constante actividad física de cientos de personas, que salen a caminar o trotar alrededor del Parque, en donde ahora se unió el autor de esta Columna Dominical, escuchando con audífonos las extensas y agotadoras plenarias del Senado.
A unos cien metros de una de las esquinas del parque, está un conocido y confortable supermercado, a donde acudo en las noches a comprar un par de cosas para la cena, después de caminar más de una hora en el parque, y es aterrador encontrar entre semana a la mayoría de personas consumiendo alcohol -no solo en la noches sino en la tardes- en donde uno se pregunta por el proyecto de vida de los mismos, que al parecer está reducido a tomar a diestra y siniestra cerveza y aguardiente –en algunos casos Ron Bacardí- sentados de manera cómoda y sin afanes en mesas con parasol, al ritmo estridente de cumbia, salsa, vallenato y música popular.
Esto no es de ninguna manera responsabilidad del establecimiento, porque sencillamente cumple con su objeto comercial –amparado por la Constitución y la Ley- sino más bien de una sociedad que ha “normalizado” el consumo de alcohol, sin importar el día y a cualquier hora, con el viejo adagio yopaleño de “tomarnos una para la sed”, porque “está haciendo mucho calor”, porque necesitamos “relajarnos”, o sencillamente porque se asoció el consumo a una manera de vivir, en donde el “precioso líquido” es imprescindible para ser feliz, cuando al contrario la embriaguez nos aleja de lo realmente valioso de la existencia, porque la claridad mental –como también el bienestar físico- es absolutamente necesario para este corto paso por la vida, desde la elemental función de respirar bien, hasta la sensibilidad de contemplar un maravilloso amanecer llanero.
Al llegar en las tardes o las noches a este supermercado, no puedo creer que personas de diferentes edades –incluso mujeres- destinan horas y horas a lo que se conoce popularmente como “el chupe”, en donde me asalta la curiosidad en cómo conciben la vida, el tiempo, el espacio, el amor, pero sobre todo si son conscientes de ser probablemente alcohólicos, porque cuando se bebe entre semana y a cualquier hora, es porque con toda seguridad se tiene un problema, la ingobernabilidad es latente, y la realidad de la penosa adicción es inevitable.
A estas personas conviene recomendarles “pedir ayuda”, porque con el crecimiento y desarrollo de nuestra ciudad, ahora se cuenta con excelentes profesionales en la psiquiatría y la psicología, como también diversos tipos de terapia individual y colectivo, incluida la eficaz reunión diaria de Alcohólicos Anónimos, que actualmente cuenta con grupos tan tradicionales como el Casanare, o uno para jóvenes como “Mis primero cien” –un total de seis (6) grupos en Yopal- en donde se maneja la premisa que nadie bebe por beber, ni siquiera por diversión, sino porque tiene algo que le incomoda, le afecta, le ocasiona inevitablemente “un quiebre en el alma”.
Las entidades gubernamentales territoriales deben iniciar con la formulación, implementación y evaluación de políticas públicas para afrontar las adicciones –en este caso el alcohol- en donde se inicie un proceso de formación a niños, niñas y adolescentes, para prevenir y afrontar esta penosa enfermedad del alcoholismo, como también iniciar con planes, programas y proyectos para las diferentes edades, en donde lo fundamental es dejar de ver como “normal” el consumo de alcohol, atrevernos a cambiar esta desastrosa cultura en nuestra ciudad, en donde emborracharse -entre semana y a cualquier hora- no solo es habitual sino bien visto, cuando por el contrario la ingesta de alcohol anticipa el derrumbamiento de vidas enteras.
Coletilla: Este Columnista no es ajeno a este problema del consumo, porque lo padecí en los otrora años de mi juventud, inmerso en Yopal por esa cultura “del chupe”, o la aterradora premisa de “tomarnos una para la sed”, que a finales del Siglo pasado me obligó a pedir ayuda, consolidando una vida plena y realizada –sin faltar los problemas- logrando hasta ahora no tomar una sola gota de alcohol, pero que –lo confieso- ocasionó a largo y mediano plazo ciertas afectaciones a mi salud.
Es más, a esos usuales consumidores de alcohol en el mencionado supermercado, conviene recordarle que una mala alimentación y un consumo constante de alcohol, se convierte en un detonante explosivo para un infarto, que le ocasionó recientemente la muerte a un amigo y comerciante de Yopal, por lo que aún es tiempo de reflexionar y pedir ayuda para vivir una vida en sobriedad.
Opinión
¿Cómo recuperar 300 mil millones de pesos del IVA para la media Colombia en el presupuesto?
Por: Juan Carlos Niño Niño – Magíster en Gobierno del Territorio y Gestión Pública Territoriales, Pontificia Universidad Javeriana.

Una prueba de fuego tiene la bancada de la Media Colombia desde este lunes en la discusión del Presupuesto General de la Nación 2027, porque es ni más ni menos que intentar recuperar más de trescientos (300) mil millones de pesos, a través de la reliquidación de las utilidades que le corresponde a esta región, por el recaudo a nivel nacional del Impuesto sobre las ventas o Impuesto al Valor Agregado (IVA).
Esta fue una iniciativa del Representante de Casanare Diego Fernando García Alfonso (Partido Verde), quien propuso a esta bancada suscribir una carta con esta solicitud a las Comisiones Económicas del Congreso, cuando la nueva versión del proyecto de ley de Presupuesto fue radicada por el entrante Gobierno, y que se materializó además con una proposición modificativa a esta iniciativa legislativa, presentada por el Representante de Arauca Manuel Pérez Rueda (Centro Democrático), y que posteriormente fue acogida y suscrita de manera unánime por esta bancada.
El génesis de esta reliquidación se encuentra en los Artículo 2, 9 y 10 de la Ley 16 de 1986, en donde se establecen los términos de la participación de los ahora Nuevos Departamentos en el impuesto sobre las ventas –aproximadamente el 0.5 por ciento- y que mantiene vigente el Numeral 3 del Artículo 359 de la Constitución Política, al darle continuidad a las transferencias “que, con base en leyes anteriores, la Nación asigna a entidades de previsión social y a las antiguas intendencias y comisarías”, y es ahí donde precisamente se encuentra un desfase en lo que debe recibir esta región y lo que efectivamente se le asigna en el proyecto de ley del Presupuesto.
La proposición de la bancada de la Media Colombia –redactada ésta por el Representante Manuel Pérez, en coordinación con el Representante Diego García- modifica el anexo del proyecto de ley del Presupuesto 2027, “Ley 12 de 1986: Cesión de 0,5% de IVA a las Antiguas Intendencias y Comisarías”, en donde una vez adelantada la reliquidación del caso, se sustituye el monto $326.997 millones, por el de $585.682,9 millones de pesos, lo que en otras palabras significa que las antiguas Intendencias y Comisarías recibirían el año entrante por el IVA, una importante suma que supera el medio billón de pesos.
Coletilla: Este lunes a la 1 y 30 de la tarde, la bancada de la Media Colombia, más los gobernadores y secretarios de hacienda de los Nuevos Departamentos –incluido el mandatario de Casanare César Ortiz Zorro y su secretaria de Hacienda Gloria Rivera Gómez- arribarán al neoclásico y emblemático Salón Elíptico del Capitolio Nacional, para asistir a la sesión de las Comisiones Económicas del Congreso, en donde se está próximo a aprobar el monto total del Presupuesto Nacional 2027 -634,9 billones de pesos- para aprestarse a discutir hasta el 20 de octubre el correspondiente articulado y anexos del proyecto de ley.
Sin duda esta intervención será oportuna y eficaz para los Nuevos Departamentos, no sin antes recomendar un dialogo directo y claro con los coordinadores ponentes del proyecto, quienes en últimas son los que terminan concertando y definiendo con el Gobierno los renglones y montos del Presupuesto, incluso más que lo que se pueda conseguir en las respectivas sesiones de estas Comisiones y las Plenarias de Cámara y Senado. ¡Buena suerte!
Bogotá D.C., domingo 13 de septiembre de 2026.
Opinión
Casanare: entre las viejas posturas políticas y el despertar de una nueva generación
Por: Fanny Pérez

En el departamento de Casanare, la política ha transitado durante años por caminos conocidos. Liderazgos tradicionales, estructuras consolidadas y dinámicas que, aunque han permitido cierta estabilidad, también han limitado la renovación de ideas y la participación de nuevas voces.
Hoy, más que nunca, el territorio enfrenta una tensión silenciosa pero determinante: continuar bajo esquemas políticos que responden a lógicas del pasado o abrir paso a una transformación donde la ciudadanía —y especialmente los jóvenes— se conviertan en protagonistas reales del futuro.
Las posturas políticas en Casanare han estado marcadas por una fuerte influencia de liderazgos individuales, donde el poder se concentra y las decisiones suelen responder a intereses particulares o coyunturales. Esto ha generado, en muchos casos, una desconexión entre la política institucional y las necesidades reales de la gente. La consecuencia es evidente: apatía, desconfianza y baja participación ciudadana.
Sin embargo, hay una fuerza que empieza a emerger con claridad: la juventud.
Los jóvenes de Casanare no son ajenos a los problemas del territorio. Por el contrario, son quienes enfrentan con mayor crudeza las brechas en educación, empleo, acceso a oportunidades y participación. Pero también son quienes tienen la capacidad de pensar distinto, de cuestionar lo establecido y de proponer nuevas formas de hacer política.
El problema no es la falta de interés. Es la falta de espacios de participación reales.
Durante años, la participación juvenil se ha limitado a escenarios simbólicos o consultivos, donde su voz se escucha, pero rara vez se traduce en decisiones concretas. Se les invita, pero no se les incluye. Se les reconoce, pero no se les empodera.
Y ahí está el gran desafío: pasar de la participación decorativa a la participación incidente.
Casanare necesita que sus jóvenes no solo voten, sino que también lideren. Que hagan parte de la construcción de políticas públicas, que ocupen espacios de decisión, que se formen políticamente y que entiendan que el ejercicio del poder no es exclusivo de unos pocos, sino un derecho y una responsabilidad colectiva.
Pero esto no puede recaer únicamente en ellos. También es responsabilidad de quienes hoy ocupan posiciones de liderazgo abrir las puertas, generar confianza y construir puentes intergeneracionales. La política no puede seguir siendo un club cerrado.
Es momento de entender que la renovación política no es una amenaza, sino una necesidad.
Un Casanare próspero y productivo —como muchos lo soñamos— solo será posible si se fortalece el tejido social, y eso implica incluir a quienes históricamente han estado al margen de las decisiones. La juventud no puede seguir siendo el futuro; debe ser el presente.
Porque cuando los jóvenes participan, la política cambia. Se vuelve más transparente, más creativa, más conectada con la realidad.
Y quizás, solo quizás, sea ahí donde Casanare encuentre el camino hacia una verdadera transformación.
Posdata: Muchos se preguntan ¿quién es el poder detrás del poder?
Opinión
De los robos, hurtos o atracos a este columnista
Por: Juan Carlos Niño Niño – Asesor Legislativo – Escritor.

Un ligero escalofrío siento cuando caigo en cuenta de las innumerables veces en que he sido víctima de un hurto -especialmente atraco- por lo que a estas alturas me siento a reflexionar en qué medida ha sido mi responsabilidad, o la simple y llana realidad de vivir en uno de los países más inseguros del mundo, en donde la Encuesta de Convivencia y Seguridad Ciudadana del DANE en 2024, revela que “el 2,9% de las personas de 15 años y más informaron haber sufrido hurto a personas al menos una vez durante 2023”.
Es más, se podría decir que los atracos son comunes en mi vida, y casi como una sentencia aterradora estoy condenado a que siempre aparezcan a lo largo de los años, iniciando a mediados de los noventa cuando a las 10 de la noche se me ocurrió salir por las desolada Avenida Pradilla de Chía (Cundinamarca) -una población envuelta además en una atmósfera lúgubre, tétrica y misteriosa- con el fin de tomar un aire después de muchas horas de lectura, por allá en los últimos semestres de mi carrera de Comunicación Social en la Universidad de la Sabana.
Era una noche húmeda y nublada, no era fácil caminar entre los charcos de agua y las luces incandescentes de los autos, que retornaban de la Capital del País y recién tomaban la Avenida Pradilla, reconocida ésta a finales de siglo por su alta peligrosidad para los transeúntes -ignoró si actualmente esto cambió, porque la Avenida se convirtió en un vasto y moderno complejo de centros comerciales- cuando de repente aparecen cuatro individuos jóvenes, en donde sin mediar palabra uno de ellos me encañona y exige en tono suave entregar cada una de mis pertenencias.
El individuo del revólver era aparentemente el líder de banda, y al escuchar mis súplicas de que era estudiante y no cargaba un solo peso en el bolsillo, sonrió con compasión y dejó ir a este columnista, argumentando que no se ensañaba con carentes estudiantes universitarios –las oraciones de mi Mamá- siendo muy distinto a la frialdad y violencia con la que fui víctima el año pasado de un motociclista en el barrio Parque Central Salitre en Bogotá, quien se montó en un andén en donde transitaba, y por la espalda me arrebató el celular -mientras hablaba por éste- para después golpearme en la cabeza con el mismo, con el fin seguramente de evitar cualquier reacción.
Era víctima de un segundo atraco en motocicleta. El primero fue en las antepasadas elecciones al Congreso en Yopal (Casanare), cuando caminaba por el sector de El Hobo hacia el Centro Comercial Unicentro, cuando de repente un motociclista joven me alcanza y con suma agilidad me arrebata el morral –lo cargaba en un solo hombro- con la diferencia que mis gritos de auxilio casi lo hacen caer cuando voltea por la carrera 29.
Y en contraste con mi total impotencia cuando a principios de Siglo me bajé a la 11 de la noche en la Estación Simón Bolívar de Transmilenio sobre la Carrera 30 en Bogotá, y sobre el puente metálico me abordaron cuatro sujetos, incluido un niño de unos once (11) años de edad, quien de repente no dudó en apuñalarme en el hombro derecho, al oponer resistencia cuando me llevaban cuesta abajo de la escalera a una zona boscosa –entre el Parque de los Novios y la red férrea por la que pasa el Tren Turístico de La Sabana- en donde por un milagro de Dios una pareja habitantes de calle aparecieron y enfrentaron a los delincuentes, para acompañarme después a Urgencias del Hospital Infantil Universitario de San José.
Unos robos no han sido tan peligrosos pero no por eso menos significativos, como cuando un individuo me hace el cambiazo de tarjeta en el BBVA central de Yopal, para después constatar que en treinta (30) segundos vació mi cuenta de ahorros, o como cuando le quitaron una llanta trasera a mi recién estrenado Onix Chevrolet “El Palomo”, al dejarlo parqueado en una esquina del tradicional Barrio Modelo en Bogotá, mientras tomaba alegre un café en un tradicional panadería de ese sector, y a pesar de que un familiar me advertía una y otra vez los riesgos de dejar en la calle el automóvil, pero que desafortunadamente pudo más mi excesiva confianza y el entusiasmo de la conversación.
Uno de los robos más dolorosos fue cuando en el año 1998 desocuparon mi casa en el barrio Libertador de Yopal –actualmente Restaurante Sebiche- y que fue ejecutado por una joven que se comprometió en cuidar la vivienda en diciembre, cuando viajamos con mi Mamá en esa época del año a la Capital del País, aún más lamentable cuando esa delincuente era de una familia que residía en el barrio, que de todos modos aclaro la misma no tuvo nada que ver con el hurto, pero que tampoco nos ayudaron a localizarla –probablemente le temían- lo que si logré cuando una vez me llamaron al Congreso y me informaron que estaba hospitalizada en el sur de Bogotá, pero que infortunadamente no se pudo hacer nada al no contar con una orden de captura o un proceso judicial como tal.
El lector seguramente estará molesto con este Columnista, al constatar que este conjunto de insucesos ha sido por mi total negligencia, cuando un par de medidas elementales pudieron ser suficientes para evitarlo, por lo que reconozco la falta de responsabilidad –en parte por mi lejana juventud- o probablemente mi carácter distraído y práctico para no prever las cosas, pero que con el paso de los años si me ha servido para acumular una serie de lecciones aprendidas, haciendo ajustes y correcciones para preservar mi integridad y mi patrimonio, siendo consciente que de todos modos nunca se está exento de un acto delincuencial, pero haciendo el sagrado juramento de que el mismo no se va volver a cometer por mi imperdonable descuido, o como me gritaba mi Padre cuando olvidaba cualquier cosa: ¡Por estar pensando en las huevas del gallo!
Coletilla: A principios de los noventa, un violento atraco en la Avenida Pradilla en Chía, propició el encuentro con una de las mujeres más bellas que fugazmente han estado a mi lado, y que siempre veía cuando presurosa salía de una casona blanca de dos plantas al borde de esta Avenida, mientras este Columnista caminaba a clases en el campus de la Universidad de la Sabana.
Era Maritza Robayo –no tengo ni idea que fue de su vida- Estudiante de Enfermería Jefe en la misma universidad, quien siempre me impactaba sus grandes ojos castaños y su altivez ecuestre al caminar –con un cabello rizado y ondulado que alcanzaba la altura de los hombros- luciendo en su alto y delgado cuerpo de modelo unos jeans bota campana y una chaqueta de cuero marrón, que hacía juego con su piel trigueña y una facciones tranquilas, con quien nunca se me ocurrió siquiera cruzar una sola palabra.
Una mañana venía de la Universidad a la casona blanca –en donde después fue construido un centro comercial- y al verme de inmediato rompió en llanto, sin dejar de advertir que por favor tuviera cuidado, que un par de individuo la acababan de atracar -despojándola de todas sus joyas- y que muy seguramente me los encontraría antes de llegar a la Universidad.
Ese sería el inicio de una de los romances más fugaces pero inolvidables de mi vida, porque tuve la oportunidad de compartir con una joven que hacía suspirar hasta las piedras, caminando tomados de la mano con mucha ilusión en Centro Chía –mi amado y nostálgico centro comercial- y aunque fue una vivencia extremadamente breve, se convertiría en unos de los más hermosos recuerdos de mi juventud. ¡De las cosas buenas de la vida!
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